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29 julio 2011

AL PAN PAN Y AL VINO VINO

jul 28
Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 28 de julio de 2011

Este artículo señala que el gran dominio que las fuerzas conservadoras tuvieron en el proceso de transición de la dictadura a la democracia explica el temor que existe en España a corregir la sesgada historia que se enseña en las escuelas y que se reproduce en los mayores medios de información y persuasión. Este dominio, que ha continuado durante el periodo democrático, explica también la falta de corrección de la enorme regresividad fiscal del estado español y sus Comunidades Autonómicas, responsable de su bajo gasto público social (el más bajo de la UE-15).

No hay plena conciencia en los establishments políticos y mediáticos del país del enorme coste que ha significado para el bienestar de la población española el dominio que las fuerzas conservadoras, herederas de los vencedores de la Guerra Civil, tuvieron en el proceso de transición de la dictadura a la democracia, mal definido en España como modélico. Este dominio dio lugar a una democracia muy incompleta que dificultó el desarrollo de unas instituciones y de una cultura democrática todavía muy limitadas hoy en España.
Una consecuencia de ello es el miedo que continúa existiendo en sectores de la sociedad española de antagonizar a los vencedores del golpe militar de 1936 y a sus sucesores. Un indicador de ello es el temor a corregir la historia de España, promovida por tales fuerzas conservadoras en los medios de educación e información (que incluyen desde las escuelas a los mayores medios de difusión, tales como la televisión). Existe en estos medios una resistencia a presentar la historia de este país tal como fue: es decir, reconociendo que la Segunda República, a pesar de sus errores, significó uno de los intentos más importantes durante el siglo XX de mejorar el bienestar de las clases populares en España, intento que fue derrotado por el golpe militar, que fue exitoso debido al apoyo que le prestaron Hitler y Mussolini, imponiendo así una de las dictaduras más sangrientas y represivas que hayan existido en la historia europea del siglo XX. Es un indicador del escaso desarrollo democrático que esta versión verídica de los hechos se cuestione, definiéndola como “maniquea”, y siendo sustituida por otra que asume que lo que llaman los dos bandos compartieron responsabilidades por lo ocurrido. De ahí se deriva la organización de marchas militares en las que desfilaron combatientes de ambos lados, abrazándose al final de la marcha como señal de reconciliación, bajo el aplauso casi unánime de los establishments políticos y mediáticos (tal como organizó en su día José Bono como ministro de Defensa de un Gobierno socialista).
La versión de equidistancia de responsabilidades es, sin embargo, profundamente ofensiva hacia los vencidos, que fueron los que llevaban razón en aquel conflicto, y cuyos muertos lo fueron por una causa justa: la recuperación de la democracia. No así los muertos que apoyaron su destrucción. Es inimaginable hoy en la Europa democrática que a los luchadores antifascistas y antinazis se les pusiera al mismo nivel que a los que lucharon para imponer el fascismo y el nazismo, ignorando, además, a los muertos entre los primeros y todavía homenajeando a los muertos entre los segundos. Esto es lo que está pasando en España.
Que la equidistancia y supuesta reconciliación sea la versión dominante en aquellos medios es un indicador del poder de las fuerzas conservadoras y de la excesiva moderación y escaso compromiso democrático de la izquierda gobernante. Esta siempre ha defraudado a los herederos de los vencidos por su falta de compromiso en la corrección de la historia de este país (que se llama erróneamente la recuperación de la memoria histórica, erróneamente porque lo que se necesita no es tanto recuperar la historia, sino corregirla), renunciando al homenaje a las víctimas de aquel golpe militar y de aquella horrible dictadura, sin ayudar activamente a las familias de los demócratas a encontrar a sus muertos, permaneciendo pasiva frente a los homenajes (incluyendo beatificaciones) de los muertos entre los vencedores y enviando, incluso, representantes del Gobierno socialista español, como José Bono, para celebrarlo. Es indignante ver la discriminación en contra de los que llevaban razón y murieron por el bienestar de las clases populares de España, y ver honrar y celebrar a aquellos que murieron derrotando la democracia.
El discurso de equidistancia apareció, de nuevo, en el vergonzoso discurso del mismo José Bono, ahora presidente de las Cortes, que rechazó condenar el golpe militar de 1936, llamando en su lugar a la reconciliación y generosidad de los vencidos. José Bono, hijo de vencedores, no tiene la autoridad moral de pedir a los hijos de los vencidos que sean generosos cuando sus muertos continúan desaparecidos, siendo, además, incapaz de condenar el golpe militar que los asesinó. De nuevo, es impensable en la Europa democrática que un presidente de un Parlamento se niegue a condenar un golpe militar que hubiera interrumpido un régimen democrático.
No es extraño que sea el mismo José Bono el que presida el Parlamento español que, después de 33 años de democracia, es responsable de que España continúe a la cola de gasto público social per cápita en la Unión Europea. Hay una conexión entre tener miedo a corregir la historia y no haber corregido el enorme déficit social de España. Lo uno ha llevado a lo otro. El partido mayoritario de las izquierdas ha tenido también temor a antagonizar a las fuerzas conservadoras y poderes fácticos, muchos de ellos herederos y beneficiarios de la dictadura, para llevar a cabo las reformas fiscales que permitieran corregir el enorme déficit de gasto público social de España. Y un Gobierno socialista está ahora tomando decisiones a las que se oponen la mayoría de la ciudadanía, incluyendo los enormes recortes realizados como alternativa a aumentar los impuestos de los poderosos, que no contribuyen suficientemente a las arcas del Estado.
Pero hay un coste político, resultado de anteponer los intereses de los poderosos a los intereses de las clases populares, que son sus votantes. No se puede servir a los últimos sin enfrentarse a los primeros. Creer que los dos son conciliables lleva a esta situación en la que el presidente de las Cortes se niega a condenar el golpe fascista y, a la vez, aplica las medidas que continúan manteniendo a España a la cola de la Europa social.



12 junio 2011

LA VERDAD HISTÓRICA TRIUNFARÁ

 
Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 9 de junio de 2011
Este artículo señala la naturaleza terrorista y totalitaria del régimen que gobernó España desde el 39 al 78, denunciando la diferente vara de medir terrorismo que tiene el Estado español y las fuerzas conservadoras que dominaron la transición inmodélica y la democracia incompleta que existe en España.

A la vuelta de un largo exilio, uno de los hechos que más me sorprendieron de la vida política española fue la percepción –ampliamente aceptada por el establishment político, y promovida por los medios de mayor difusión– de que la Transición de la dictadura a la democracia había sido modélica, creando una democracia que era homologable a las existentes en la Europa occidental. La realidad, sin embargo, mostraba con toda su crudeza una democracia muy incompleta y un bienestar muy insuficiente, realidad que continúa hoy, 33 años después.

España continúa teniendo el gasto público social (que financia al Estado del bienestar) per cápita más bajo de la UE-15. Y políticamente acabamos de ver cómo las fuerzas conservadoras han intentado prohibir la participación en el proceso democrático de un partido político, Bildu, debido a su origen, enraizado en una fuerza terrorista, ETA, y ello a pesar de que tal partido se ha distanciado de la violencia y ha aceptado las reglas del proceso democrático. Pero esto parece no ser suficiente para el Partido Popular, que desea que este partido condene tal pasado terrorista, intentando llevar a la cárcel a todos aquellos que todavía hoy defienden a ETA.

Este comportamiento sancionador del terrorismo contrasta, sin embargo, con el comportamiento del propio Partido Popular, que nunca ha condenado explícitamente y por su nombre a la mayor fuerza terrorista que existió en España durante el siglo XX, responsable del mayor número de asesinatos políticos que haya ocurrido en la historia del país. Ningún otro régimen ha asesinado a tantos españoles como la dictadura iniciada por un golpe militar, liderado por el general Franco, en contra de un sistema democrático, la II República.

Fue un régimen basado en el terror, con asesinatos políticos (por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió 10.000), torturas (sistemáticamente realizadas en sus cárceles), campos de concentración y exilio. Aquel golpe fue realizado por los que falsamente se autodefinieron como los nacionales (la mayoría de sus tropas de ataque eran mercenarios y extranjeros, y su victoria se debió única y exclusivamente al apoyo extranjero de Hitler y Mussolini) que estaban en una “cruzada” (cuyas tropas de choque, paradójicamente, eran musulmanas) y que supuestamente defendían a la patria (imprimiendo un enorme retraso económico, político, cultural y social al país).

En realidad, era una minoría en contra de la mayoría de las clases populares de los distintos pueblos y naciones de España, lo cual requería el terror para su propia supervivencia. El terror fue sustancial en la existencia de aquel régimen hasta su último día.
Sin pretender establecer categorías, el número de víctimas de aquel terror (asesinatos políticos) fue de casi 200.000, una cifra mucho mayor que la realizada por ETA (839). Las víctimas de aquel régimen terrorista continúan ignoradas durante el periodo democrático, sin que el Estado las haya homenajeado como se merecen. El contraste entre el comportamiento del Estado hacia las víctimas de ETA y las víctimas de la dictadura es vergonzoso e ilustra no sólo la diferente vara de medir el terrorismo, sino la baja calidad del estado democrático, cuyo Tribunal Supremo, por cierto, está enjuiciando al único juez que ha intentado en España que el Estado se responsabilizara de encontrar a los desaparecidos en aquella dictadura y de enjuiciar a los responsables de tanto dolor y terror.
La entrada dedicada a Franco del Diccionario Biográfico Español –publicado por la Real Academia de la Historia, e iniciado y financiado por el Gobierno del PP dirigido por José María Aznar– es una alabanza y una apología del responsable del mayor terror que haya existido en España. A pesar de ello, un dirigente del PP alabó la biografía de tal terrorista, presentándola como obra ejemplar. Utilizando el mismo criterio que tal partido aplica a ETA, el autor de tal biografía debiera estar en la cárcel y la Real Academia de la Historia tendría que haberse cerrado. Y, al propio portavoz del PP que hizo tal alabanza, se le hubiera tenido que llevar a los tribunales.
El hecho de que todo esto no ocurra muestra el enorme poder de las fuerzas conservadoras que hegemonizaron el proceso de la Transición y el periodo democrático. ¿Cómo, si no, puede explicarse que incluso hoy, en los libros de texto de la asignatura obligatoria de cultura cívica se sostengan posturas dignas de la ultraderecha del Tea Party de EEUU, tales como definir al feto como ser humano, considerar el aborto voluntario como un asesinato, o definir al darwinismo como una doctrina sospechosa?
¿Y, cómo, si no, pueden explicarse la visión tan sesgada y negativa que se da de la II República y el silencio sobre el terror del régimen que la derrocó que están presentes en los libros de texto de las escuelas públicas?
Pero la represión de aquel régimen fue también psicológica e ideológica, precisamente debido al carácter totalitario del mismo. La ideología que imponía era el nacionalcatolicismo, mezcla de un nacionalismo españolista extremo e imperialista, con características racistas (el día nacional se llamaba el Día de la Raza, y la película que realizó el dictador se llamó Raza) y de un catolicismo reaccionario en extremo que, junto con su caudillismo, un machismo muy acentuado y una hostilidad al mundo obrero y sindical, constituyó una ideología totalizante, pues quería cambiar “al hombre”, penetrando en las áreas más íntimas de las personas, desde el sexo hasta la lengua, todo ello normatizado. Tal régimen tuvo pleno control de los medios y de las instituciones. Considerar aquel régimen como meramente autoritario es ignorar la asfixia intelectual, política, económica y cultural que la mayoría de las clases populares sufrieron para mantener la “placidez” de aquellos que se beneficiaron de tal terror.